lunes, 19 de octubre de 2009

CAPÍTULO VII: EL ABISMO DE LA GUAYCIDAD

Gracias a la nueva velocidad de crucero que obtuvieron con las scouters se pusieron en apenas un par de días en el Abismo de la Guaycidad, donde les esperaba Putiferia Guayante, sin embargo, los canis también les perseguían aún sedientos de su sangre desde la que ya era conocida como la Matanza de Regguetonehlokerula.
No había luna ni estrellas cuando la Compañía Guayante llegó al foso de la empalizada, cuando subían se oyó el grito de un centinela.
- El Señor Guayan se encamina hacia la Puerta de la Guaycidad – respondió Asturiorn – El que habla es Asturiorn hijo de Bastardorn, hijo de Putirorn, hijo de Cabronorn, hijo de Maricorn, y más atrás se remonta mi linaje ancestral, hasta el alba de los tiempos, ante incluso que Mundo Guayan fuese Guayan, y más allá. Pero no tenemos tiempo que perder, abre la puerta, bastarzuelo, o pintarrajearé esta puerta con veinte colores distintos.
- Buenas nuevas traéis, oh noble Asturiorn hijo de Bastardorn, nieto de Putiron, bisniesto de Cabronor, tataranieto de Maricorn, y de todos aquellos a los que se remonta vuestro linaje sin duda todos de tan gustoso nombre, ya casi habíamos perdido la esperanza de que llegaseis algún día. ¡Deprisa! Los canis os pisan los talones.
Sonny y sus amigos atravesaron el foso y se detuvieron al cruzar la puerta. Allí se enteraron con alegría de que Putiferia había dejado muchos Guayantes custodiando la Puerta de la Guaycidad, convirtiéndola así en paso seguro.
Dejaron sus scouters, y se dispusieron a descansar, esperando la llegada de Puitiferia antes de partir hacia las Montañas del Eterno Chanismo.

De repente, desde la empalizada, llegaron los alaridos de regueaton y los feroces gritos de guerra de los Guayans. Las motos tuneadas de los canis rugían con rabia, y sus cánticos se escuchaban a kilómetros: “Sha moto to guapa primo, te parto la boka, comepoyah”. La retaguardia se había visto obligada a replegarse.
- ¡Los canis ya están sobre nosotros! Hemos agotados los loscos grandes, y apenas nos quedan dados, ya están intentando entrar. De momento se estampan contra la puerta, pero su estupidez no durará eternamente, al final comprenderán que está cerrada, hasta el más idiota de los canis sabrá que debe saltarla.
- Pardiez, que cansinos los canis, y que mascachapas estáis hechos, sin insultarte compañero, no va por ti, pero cojones… Dame cien cabezas de canis y yo mismo las abriré con mi cuerno de reno – gritaba malhumorado Noemli
Los canis se amontonaban a lo largo del muro defensivo, pero los defensores les escupían y le tiraban chinorris. Un par de tags incendiarias. Y los canis, poco organizados como dicta la naturaleza de su anancefalia, se dispersaban para volver de nuevo con más brío.
- amo, primo, surmano, k tienmoh ke acabah ehto pa irnoh de reif
Sonny y los suyos se pusieron a lo largo de la muralla.
- Hostia puta, cuanto cani. Debe haber miles, esto parece la Zentral, macho. Estoy de canis ya hasta lo cojones. ¿Y la Puti? ¿Ha llegado ya?
- No, Sonny, Puti se hace de rogar, me temo que tenemos que enfrentarnos a los canis.
- Échales un par de tags voladoras, y que se distraigan con algo, coño, que no vamos a estar toda la vida aquí.
- Venga coño, que no se diga que un Enano de las Minas del Norte Muy al Norte no ha plantado batalla a un par de miles de canis. – Noemli sacó su cuerno de reno a pasear, y empezó a aplastar cabezas por doquier
- Noemli, eres un aprendiz, he debido de reventar ya treinta cabeza de cani a chinazo limpio cojones.
- Bueno, señores, cuando dejen de comerse las pollas me avisan, porque ahí abajo hay canis para parar un tren – advirtió Sonny
- Bah, en peores batallas me he encontrado, hubo una en la que perdí los dos brazos, y eso no fue óbice…
- Que sí , Asturiorn, no empieces con tus batallitas, Guayan que cargante.
Jamelgo el vejarraco observaba desde lo alto de la atalaya y escuchaba como se desarrollaba la batalla.
- Treinta y ocho, gnomo amanerado, a ver que dices ahora.
- Muy bien puto enano de los huevos, pero yo llevo ya ciento cincuenta y siete canis.
- Tres, han probado ya mis afilados lápices como cuchillos, diestros en la batalla, gráciles en el dibujo, compañeros inseparables de todo buen…
- Yo creo que he escupido a uno en los ojos, ¿eso cuenta no? – replicaba Sonny – Oye, que digo yo, ¿estos apimponados no tenían un ejército preparado para combatir a los canis? Coño, que tenemos que hacerlo nosotros todo cojones… ¿Y si no llegamos a venir? Vamos, porque si lo sé no vengo… Estoy ya del “dame más gasolina”…
- Eres un Guayan, Sonny, un Guayan no ser arruga ante nada, un Guayan cruza charcos y riachuelos, un Guayan…
- Hostia puta, Asturiorn ¿tú nunca te callas?
Jamelgo el vejarraco hizo acto de presencia.
- Atención, alimañas sin honor y demás bastarzuelos que no habéis conseguido retener a los canis porque sois más tontos que Abundio que se echó un carrera solo y llego el segundo, jodidos engendros, gnomos amanerados, negratas y enanos de toda ralea y condición, los canis han cruzado el foso, replegaos al muro interior, anda, y a ver si espabiláis que me tenéis bueno hoy.
Sonny y los suyos hicieron lo propio, no fuese a cabrearse más el vejarraco los cojones, cuyo mal humor era legendario.
- ¿Cómo andan las cosas por ahí abajo Noemli? – preguntó Asturiorn
- Pues jodidas, para que engañarte, me has puesto a luchar con una pandilla de amanerados y hip hoperos, y luego pasa lo que pasa… Pero en mi cuenta van trescientos cincuenta y nueve canis. Díselo al gnomo. Con tres Noemlis guardaríamos esto de puta madre, pero me temo que solo hay uno y medio, yo y el centenar de mingasfrías estos que habéis puesto a mi lado.
- Aguantad, Noemli, ya sale el Sol.
- Como si estos no estuviesen acostumbrados a ir de afters…
Asturiorn volvía a los muros intentando alzarse sobre la arcada que coronaba las grandes puertas, indiferente al reggueton que se escuchaba bajo sus pies. Los canis le miraban y se partían el pecho.
- Vaja ioputar, baja si tieneh ueboh, danoh ar biejo o ar zony eze
- El Guayante está bajo mi protección y Jamelgo el vejarraco no creo que queráis conocerlo, tiene muy mal humor.
- antonse a ke coñio saleh, pishabrava, kiereh comernoh er raboo ke lo ke kihere?
- He salido a ver el amanecer, piara de deformidades con patas.
- er lo ke? k avla er loko eze, ira illo zoy dani er negro y me kome la poia
- Que no tenéis casa, cojones, que no son horas ya coño. Anda largaos ahora que estáis a tiempo, que como me mosquee os voy a dar dos yoyas que os voy a poner la cara del revés.
Los canis se partían la polla con Asturiorn, y por respuesta tan solo encontró la ya famosa: “Damé más gasolina, dame más gasolina”, que se había convertido en el himno oficial de la Legión Cani.
Los canis se agolpaban ante la puerta interior, gritando y enloquecidos ante la posibilidad de llevarse al Jamelgo y a Sonny de una tacada. Tal era su empecinamiento, y los canis pueden ser muy empecinados, otra cosa quizá no, pero a empecinados no le gana nadie, que consiguieron traspasar la puerta alcanzando el patio interior.
- Cago en diole, no si verás tú estos todavía, la que nos lían.
Pero, en el momento mismo en el que la puerta se desmoronaba ante el peso de los canis, un murmullo se elevó detrás de ellos y creció hasta convertirse en un clamor de muchas voces que anunciaban extrañas nuevas al amanecer. Los canis vacilaron y miraron atrás, y entonces, súbito y terrible, el gran cuerno de la Guaycidad resonó en lo alto de la torre.
- ¡Guaycidad nos guardará! ¡Guaycidad!
En medio de este clamor apareció Jamelgo montando una cabra parduzca de color sucio, por escudo llevaba un plato del mac donald y una escoba como ariete. A su diestra iba Asturiorn cabalgando sobre un reno que Noemli había sacado de diossabedonde.
- ¡Adelante, mis valientes!
Y los mingasfrías se lanzaron al ataque, escupitajos, tirones de pelo, patadas en los huevos, todo el repertorio de malas artes del combate los convirtieron en máquinas de dar por culo.
Los canis ante el desconcierto de la acción, no sabían bien que hacer, el sol les había pillado en bragas, pocos llevaban sus gafas calorras, debían estar de afters ya a esas horas, y las pastis empezaban a escasear.
De improviso, en la cima de la montaña apareció una amazona vestida de blanco y resplandeciente al sol del amanecer. Tras la amazona un millar de Guayans, con tags y dados en las manos, bajan deprisa las largas pendientes.
- Contemplad a la Amazona Blanca, ¡Putiferia ha vuelto!
Los canis aullaron de dolor, yendo de un lado a otro. Allí estaba la Amazona Blanca, y el terror de esta aparición enloqueció a los canis que se tambaleaban y caían. Huían, huían como canis lo que no supieron conservar como hombres.

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